Nov
17
    

Esa tarde estaba apurado por llegar al subte pero no para volver a casa.  Mi urgencia apuntaba a poder terminar el libro que me venía apasionando hace días. Para evitar el congestionamiento de gente y poder viajar sentado tomé el subte de Lima a Plaza de Mayo y de ahí derecho para Castro Barros, son seis estaciones y unos 25 minutos de más, que lo valen en tranquilidad y comodidad.
Una vez que estaba sentado y con la cabeza recostada en la ventana empecé a devorar las últimas hojas y sacarle la pulpa al texto. Hacía mucho que no me conmovía tanto y hasta creí quebrarme  mientras la gente se amontonaba en el vagón para volver a sus casas. El autor me hacía hincapié en que la importancia de una historia no radica en la pura verdad ni en el puro cuento,  sino que debe funcionar como una anécdota mejorada, donde uno cuenta una parte con la verdad y otra parte más chiquita con esa mentira piadosa que busca entretener, emocionar y convertir el texto en arte.
Ahí estaba yo leyendo las oraciones finales cuando presagié las miradas de todo el vagón en mis pupilas temblorosas. No sentí verguenza ni otro sentimiento similar. Solo experimenté la impotencia de no tener la soledad necesaria para sentirme más cómodo y dejarme llevar. Esa armadura que me puse, toda esa tención acumulada más el llanto cobarde que no quería salir, hacían un cóctel terrible.
Dos meses pasaron de aquel llamado que recibí un viernes a la noche, cuando experimenté en carne viva el mundo paralelo de la tragedia y del alivio. “¿Hablo con la casa de N.G, vos sos el hijo? Te llamamos de la comisaría, ocurrió un accidente, ¿sabés? (…)”. Lo que continuó a ese mensaje de bienvenida fue una aritmia que nunca antes había experimentado. Fue como la curiosidad que tenía de chiquito por la acidez estomacal, todos los adultos la sufrían y yo quería vivirla. Ahora maldigo esas curiosidades precoces.
El resto de la conversación no hizo más que ofrecerme indicios para entrar en razón y entender que lo que me decía esta persona no era más que una ficción cruel y mal actuada, pero dolorosa al fin. Logré cortar con la seguridad y el alivio de descubrir la mentira, pero para terminar de convertir la certeza en calma tuve que escuchar la voz de mis seres más queridos.
Lo que no conseguí fue superar esa angustia poderosa que nació de la ficción y se gestó en la realidad de mis sentimientos. Una angustia que utilizó la voz de un reo para alquilar mi garganta y acampar en mis aflicciones.
Talvez ese fuera el disparador para bajarme del subte y  volver a casa con la necesidad de contar una historia, o varias. Esa tensión contenida puede terminar de disiparse cuando logre contar mis propias anécdotas mejoradas, pero no con la necesidad vil del delicuente que te llama por telefóno para inventarte una tragedia, sino para transportar mis sentimientos en las gargantas de otros viajeros.




Diego November 18th, 2009 1:56 pm #

Muy bueno bocha!!

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