Estoy viajando con la cabeza apoyada en la puerta del subte y conservo las manos en los bolsillos, creo que la presión de la gente haría imposible una caída. Me tocan las espalda y otras partes también pero es mejor no jugar a ser el detective de esas intenciones.
A esta época me agarra un escalfríos cuando alguien lanza la típica frase “que rápido se pasó el año”, deberían de multarse esas expresiones públicas, por alarmistas. Creo que así amaneció mi nostalgia.
Mi cabeza disparó una serie de planteos que terminaron con una sorprendente pregunta; ¿cuál es el peor miedo?. Imagino que si mi mente hubiera tenido un alta voz hubiera escuchado con eco; “la muerte”. Pero que chiquita que se ve cuando el que tiene la capucha negra es un percance.
El subte se detiene y las puertas siguen cerradas; el flaco alto me hace a un lado e intenta forzozamente abrirlas pero no consigue. La multitud de gente insistiendo para bajar no deja oportunidad de alcanzar hasta la otra salida ¿Sabrá el operador del primer vagón que hay gente que no pudo bajar? Suena su silbato.
De repente pasarse involuntariamente una estación fue el terror del día; mucho peor que haber pisado la baldoza floja y salpicarse entero o salir y olvidarse las llaves.
Los que se ponen más viejos y le tienen miedo a la muerte se quejan de lleno. Estoy acá subiendo las escaleras del subte para poder tomar el que me lleve de regreso y finalmente descubro que momentos como este pasan desapercibidos (y sin gracia) porque un día sencillamente me quedé sin humor para sonreirle a la rutina.