Más de una vez me puse a pensar cómo el pertenercer a grupos o compartir ciertos colores, banderas o ideologías nos pone en verdaderos extremos. Nada de tintes grises; fiel a nuestros principios dejamos la voz afónica por defender lo que creemos. Cualquier cosa que nazca desde ese principio la tomamos como racional, cierto e indiscutible. Y todo lo que provenga de lo que consideramos la calle de enfrente es nefasto, absurdo e intolerante.
También podemos trasladarlo a nuestras relaciones cotidianas, y quién nos hace tal cosa, le hacemos la cruz, o lo ponemos en la lista negra. Mucho de “perdono pero no olvido”; o “no soy rencoroso pero me acuerdo de las que me hacen”.
Entonces nada más alejado de aquellos colores que las cebras mantienen, nos paramos frente a la vida. Porque si ellas pueden convivir con ambos extremos; y en un rapido desfasaje mantener los grises, nosotros en cambio nos escudamos en antágonicos y nos esforzarmos por diferenciarnos.
Debe resultar más fácil ya que desde chicos tenemos tan marcado, el bien y el mal. Que si no hacemos las cosas “como se deben”, seguramente es mejor deshacerlas. Nada de corregir o tachar, es empezar de cero o ser inescrupulosos y convivir con todo ese mal. De hecho lo hacemos, pero somos una vez más extremistas en juzgarlo cuando no somos nosotros.
Con un poco de sal y otra de pimienta podríamos probar ese sabor, talvez agridulce, de poder buscar más de un punto de vista. Por si las dudas, ¿no?